lunes, 26 de septiembre de 2016

The bow and the lyre

Quizá la culpa es mía, y he de borrar ese 'quizá'.
Las listas y la organización sostienen mi esqueleto, como otra espina, mi corazón le responde a las manías, a las vocales y las consonantes; a lo brillante y colorido, y debajo de las almohadas, escondo todas las respuestas:
Esta es una carta de amor a la realidad, la mía, la tórrida y estúpida cualquiera. Aquí está. 
Tengo fascinación por los corazones rotos, pero no por las vidas marcadas, me gustan solamente tocadas un poco; me gustan las historias pasadas, en las que haya, muchas veces, una mujer anterior a mí que aparentaba ser todo... es un reto personal, una misión.
Me gustan las almas blancas, adornadas y, sobre todo, adoradas; me gusta tentar a quienes tienen todo, me gusta perturbar su paz y hacerles notar que, a pesar de ello, les hace falta alguien como yo, les falta aquello que no volverán a tener nunca.
Solamente describo una metáfora empedrada con diamantes que es, solamente a veces, una verdad completa, y muchas otras, una estrepitosa realidad, pero nunca una falsa idea.
Claro que mis ojos no son de espejo, ni de vidrio y mucho menos de marfil, son ilustrativos, hasta cierto punto pero me han dejado saber también que soy débil como cualquier otra y endeble ante las estructuras bien construidas, las espaldas anchas y los brazos recelosos. Mucho más que las piernas largas y la piel de tal o cual tono, me seducen los ojos grandes y la mirada dulce, inclusive triste, enmaracada por pestañas largas y negras como el alma que protegen, porque sí, también (y mucho más) me enamora el descaro, la impresición, la picardía y (he de admitirlo) la inmadurez menguante y el desinterés que se esconde dentrás de la popularidad, la necesidad de atención y el vacío existencial que esto supone y que corrompe mortalmente todas las almas que amo para convertirlas en las que aborrecí.
Todos no son iguales, todos los que son para mí sí.
Es verdad que el problema soy yo, que pareciera que ando por ahí con una lista de mis venenos, buscándolos en cada imbécil que conozco que sé que no es para mí, solamente soñando con que, quizás esta vez sí es lo mejor que podría pasarme. No entiendo el camino de mis venas, ni por qué mi sangre insiste en derramarse por todas partes antes de seguir, simplemente necesito detener la hemorragia, limpiar el desastre, recoger los pedazos e irme.
El primer paso siempre es aceptarlo, me enamoro de idiotas que se parecen entre sí, en sus actitudes despreocupadas, su chispa inagotable o su intricada severidad al conducirme despacito a la muerte súbita, siendo éste el mayor de los denominadores comunes: la burla, el desagrado y el desdén hacia mi persona (sólo con una excepción), la necesidad de mentirme, la necesidad de impulsarme hacia abajo, sumergirme la cabeza en el océano que yo misma creé. Aquí en mi corazón reina el impulso salvaje de hacerme pensar que no soy quien soy y que no lo merecería, si lo fuera.
Qué ironía, qué estupidez, ¿cómo querer a alguien así?, ¿cómo dejarlo ir así de fácil?, ¿cuál es la mejor manera de actuar? Resignación o esperanza; vergüenza o insensatez.
  


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