domingo, 30 de abril de 2023

Sobre la niña con el vestido de estrellas


Construí un refugio, un santuario, un anfiteatro de leyendas sobre mí misma e imágenes de todo lo que fui. Me levanté de entre los muertos y me limpié la lástima por mi vida.

Había querido decir que ahí estaba una niña a la que nadie cuidó pero la verdad es que nadie sabía cómo y, de cualquier modo, aquí estoy yo para responder por ella: por todas las veces que desollé mis manos, marqué mi cuerpo y dejé de comer; por todas las drogas que ingerí, el alcohol en el que me ahogué; por todas las veces en las que lloré en un puente esperando juntar el valor para aventarme y no lo logré. Aquí estoy yo para pagar por cada corazón que rompí, por cada mentira dicha o cada golpe dado a quienes menos lo merecían en el nombre de todo lo que hoy sé que no hubiera podido enfrentar de otra forma. 

Quiero tomar entre mis brazos a esa niña que le rogaba a dios porque le quitara el maleficio de la indecencia, y decirle que jamás debió sentir vergüenza por quién era y que no interesa si nadie nunca la entiende o nadie la quiere, porque para eso estoy yo.

Quiero decirle que sé por qué terminó perdiéndose en los caminos más oscuros, que valido todos sus miedos: la soledad, la locura y la ruina, porque fui yo quien la hizo pasar por cada centímetro del infierno y también soy yo la única que está aquí para ayudarla a volver. Su única amiga, su verdadero amor. 

Nadie nos va a volver a abandonar, nadie va a volver a destrozar todo con su partida o amenazarnos con la soledad. Yo no puedo arreglar lo que alguien deshizo en esa niña pero sí asegurarle que los malos ya no pasan, que aunque me haya tomado casi treinta años lograrlo, jamás volveremos a llorar por quienes nos odian, nos traicionan o nos dejan, y mucho menos volveré a ser yo la primera en hacerlo; no seré yo quien ningunee, traicione o hiera a esa niña que sigo siendo yo. Nunca más. Ahora sé que sobreviví para defenderla de todo y de todos. Juntas hasta el final.

lunes, 15 de febrero de 2021

Peter losing Wendy.

Yo soy fuerte, me quemo y ardo en las alturas de la oscuridad creciente; a veces fragmentada y ocre, a veces enorme y plateada, como la luna de la que llevo el nombre. Yo soy fuerte, lo sabes, como en mi canción preferida, como la sangre de mi sangre. Yo soy fuerte, creo que sabes, mucho más fuerte que tú. 

Hemos querido fingir que me puedes hacer a tu antojo, hemos querido creer que me tienes a tu merced porque sabemos que el día que yo te traiga un espejo y te lo ponga enfrente, serás tú quien no podrá sostener la mirada. Sé que te gusta pensar en cuánto me has dado a mí pero sabes bien que no es lo que me merezco, y no porque sea una santa sino porque soy quien te ayudó a sostenerte enmedio de la tormenta cuando no tenías nada; te di mi mano cuando todos te dieron la espalda.

Te entregué el amor verdadero en una charola de oro y me lo tiraste en la cara. 

No sé si haya llegado el día en el que volví a mí misma escupiendo sangre, no sé si he llegado contigo armada con la verdad para finalmente cernirla sobre tu pecho, sólo sé que soy fuerte y que tú no me vas a quitar una sola noche más de sueño, un peso más de mi trabajo, ni una lágrima más saldrá de mi alma con tu nombre.  

Claramente, será muy difícil, me va doler hasta desear la muerte, pero ya sé que no me voy a morir aunque lo intente. Sé que tengo que continuar y dejar de pensar que lo que sientes es un amor que no acepto porque no comprendo, prefiero privarme de amores si me van a abandonar a la luz de un enojo o al mirar otros cuerpos o escuchar otra voz. Privarme de amores cobardes por una vez sería el mejor cambio que podría hacerle a mi vida. 

Quiero librarme de ti de una vez y para siempre, quiero olvidar poco a poco todo lo que no he podido sanar, quiero que los malos ya no entren. Felicidades, ganaste tu juego.


viernes, 11 de diciembre de 2020

The patron saint of switchblade fights

En el silencio y la quietud germina un monstruo, cuando está lo suficientemente grande, se abre paso dentro de mi pecho. 

He aprendido que trepa por mi garganta y hace temblar mi corazón cuando se acerca... algo; ya no podría llamarlo dolor porque ahora este monstruo, mi monstruo, me protege. Tampoco puedo llamarlo ansiedad, ira, ni celos y mucho menos la envidia de la que tanto quiero escribir pero cuyas raíces ya no son más que hilos quebradizos dentro de mí; sólo puedo nombrarlo como algo que al fin tengo bajo control.

No existe nada aquí (ni allá) capaz de detenerme, querré explotar contra los límites o batirme al duelo contra el sol pero ahí, en esa muerte envuelta en fuego, con cada pedazo de mí lloviendo sobre todo el universo, seré la persona que nunca se rindió.

Hay algo poético en querer pelear con las manos atadas, hay algo hermoso en aprisionarse y tragarse la llave frente a todos; mi monstruo no se esconde, se agazapa. Todos aquí serán testigos.

No me importa si más tarde vengo a quejarme de esta furia, que venga con el hocico quemado todas las veces que pueda, porque sé que aunque llore años y me condene a perpetuidad, jamás me arrepentiré de maniobrar mi dolor y convertirlo en entrega, explosión y delirio. 

Este amor obsesivo compulsivo que me repliega la sangre al pecho desde donde me controla, fue capaz de forjarme de nuevo desde las cenizas. Una y otra vez. No necesito otra prueba de que es real y tampoco voy a volver el rostro hacia quienes hacen malabares por quitarme algo (el sueño o al menos, la sonrisa), porque el monstruo no me lo permite. Eres demasiado grande, dice, tienes demasiado poder. 

Vemos pasar los minutos juntos y contamos nuestras bendiciones, jamás nos dimos cuenta de todo lo que teníamos mientras llorábamos por lo que nos falta. 

Repaso una y otra vez el nombre de mi madre y lo subrayo, dejé dentro de ella una parte de mi alma que nadie nunca podrá envolver con su envidia ni su mala intención, ni siquiera yo. Mido mi piel desde el principio hasta el final y agradezco que todos los intentos de terminar conmigo misma jamás rindieran frutos y pueda comenzar a mejorar, al menos no desde cero. 

Miro a mi gente y veo en sus ojos la ternura que le falta a los míos, el asombro y la lealtad que pensé que no me merecía, y los acojo dentro de mis brazos sin importar lo que venga, porque somos familia más que amigos o amantes. 

Leo mi armadura de papel y me regocijo de la fortuna, nada queda más que pedir. 

No hay en la existencia cuchillo más afilado que una mujer que se siente completa. Una mujer con un monstruo domesticado durmiendo en su corazón. 

sábado, 19 de septiembre de 2020

3

Nadie sabe lo complicado que es ordenar estas letras en mi mente para que no parezcan lamentos, para que no llegue hasta tus oídos este cruel alarido, para que nadie en el mundo pueda notar cuánta sangre se derrama por mi piel, ni cuántas lágrimas faltan hasta que llegue mi muerte.

No me sirve de nada ir por ahí contando lo que me duele porque dentro del consciente colectivo o bien tú y yo ya estábamos muertos o quebrados muy en el fondo de manera espiritual, y sí, tal vez fue así siempre porque cometí muchas veces el error de estar ahí si me lo pedías, de regresar a pesar de los dolores y las pesadillas. 

Nunca voy a entender cómo poco a poco te quedaste con tantas partes de mí para que así de pronto me sintiera tan vacía sin ti; no sé pero tengo que lidiar con eso todos los días. 

Tú nunca sabrás la falta que me haces cuando tengo que enfrentarme a mi soledad, a mi mal carácter y a todos mis miedos, ni sabrás lo que yo sentía cada vez que escuchaba tu voz: cómo mi corazón se volvía loco y todos mis sentidos se fundían dentro de mi cuerpo. No tienes por qué enterarte de cuántas veces he querido salir a la calle corriendo a buscarte, a gritar tu nombre y pedirte que me regales un beso. No tienes por qué escuchar de todas las veces que te apareces en mis sueños diciendo que todavía me quieres, riéndote conmigo, viéndome a los ojos... de nada serviría que supieras cuánto lloro por ti y cuánto me cuesta creer que tanto tiempo y tanto amor ahora se hayan ido para siempre.

Sólo estoy segura de que siempre supiste cuánto de ti había dentro de mí, cuánta felicidad y cuánta vida. Siempre supiste que te amo más cada vez que te late el corazón y que nada ni nadie va a cambiar eso nunca, ni siquiera tú... y ése es el error más grande que pude haber cometido.

No sé por qué no he podido ser suficiente para ti, por qué todas las veces he tenido que ser esa sombra que te persigue por la vida amenazando todo lo que quieres de verdad, y créeme que he tratado de luchar contra eso y contra todo lo que te pueda molestar de mi manera de ser, y aún más, de mi forma de quererte, pero jamás conseguí que nada cambiara. 

Aunque quizá no jamás, porque dos veces vi algo en tus ojos que nadie puede quitarme: la primera noche que estuvimos juntos, nunca me he sentido tan deseada y tan hermosa como aquella vez; y la noche que me sostuviste como si fuera una niña, en tus piernas, me abrazaste y dijiste que me amabas... incluso ahora que de ese deseo y de ese amor ya no te queda nada. 

Ojalá no recordara siempre todo lo bueno que he sentido por ti, ojalá pudiera cerrarte todas las puertas como lo has hecho tú, como si yo me hubiera ido debiéndote algo. Ojalá de verdad pudiera odiarte como tengo tantas ganas y tantas razones para hacer, pero la 

realidad es que apenas me puedo sostener y obligarme a abrir los ojos y sacar fuerzas de no sé dónde para vivir así.

Todas las noches me repito que nunca vas a querer compartir nada conmigo que no sean momentos en donde no tengas algo mejor qué hacer, que nunca me has querido como yo te he rogado que me quieras, y que jamás vas a volver. Que me estás olvidando si no me has olvidado ya y que lo mejor que pude hacer fue dejar de molestarte de una buena vez. 

Pensar en eso me tranquiliza, me hace pensar que todo lo que siento (la rabia, la humillación, la soledad, el vacío y el muy estúpido e insistente dolor) vale por lo único bueno que he podido hacer por ti.

Yo sé que no sirve de nada decirte que te amo y que si no te entiendo es porque yo no soy como tú, yo no tengo personas haciendo fila ni luchando entre ellas por un pedacito de mi vida. 

No sirve de nada lo que tengo dentro del corazón, ni en la cabeza, ni en el alma porque tú eres todo lo que quiero, todo lo que he querido siempre desde la primera vez que te vi. Me quedé sin energía para luchar porque esa pelea estaba arreglada: tú no me vas a escoger, nunca voy a ganar nada. Me quedé sin el amor de mi vida, y hoy que lo acepté, al fin me quedé sin palabras. 

Nadie sabe por qué pero todo ha quedado en silencio.

domingo, 13 de septiembre de 2020

2

 A un mes del aniversario luctuoso de mi padre me eché sobre la espalda y pensé en toda la soledad, el dolor, la rabia que me desfiguran el alma y no me dejan dormir. 

Me han dicho que tengo que esperar y sanar pero desde ese día mi corazón se partió en dos y no ha dejado de sangrar, está en algún lugar explotando por años hasta que finalmente se detendrá: como todo el universo. Qué más quisiera que pasara esta noche. 

Pensé en todas las veces que le he pedido que venga y me lleve de una vez. ¿Por qué él tampoco me escucha?, ¿por qué tampoco responde? 


sábado, 12 de septiembre de 2020

1

 


Soy el día que no llegó, 

La noche que permanece.

Mi nombre se ahogó en el mar,

La lluvia lavó mis huellas,

El sol despintó mis colores.

Sólo tus ojos me ven

Y ya no existo

porque no lo hacen. 

sábado, 8 de agosto de 2020

Insidious

 

Existes dentro de mí, te quedaste atorado en mi tráquea y ahora vivimos juntos, tal como nunca quisiste y quizás un poco peor.

Llevo cuatro noches sin dormir, viendo la luna cruzando el cielo, dando vueltas en el colchón siguiéndola; desesperada porque estoy cansada pero simplemente ya no tengo paz desde que estás aquí, ahogándote en mi garganta y no en tu casa cantándome canciones o deseándome el mal.

No sé qué hacer para que te vayas, extendí mis brazos esperando lo que fuera que tuviera que pasar, porque ya había intentado todo para que me eligieras y te quedaras. Decidí no insistir más porque ya han pasado tres años y siempre me dejas sola, llorando en la oscuridad... y créeme, no tengo idea cómo, pero al fin estás aquí. 

Creo que fue por aquel último beso que no nos dimos, o por todas las palabras que no pude decir aunque lo intenté. Creo que fue así como te encerré dentro de mi pecho y todo lo que alguna vez supe y amé tanto de ti se quedó dentro de mí.

No sé cómo dejarte ir si ya te estás volviendo parte del sistema: un montón de carne grasienta, crujientes articulaciones, cabello incipiente y tú, como un eco de quien fui cuando conocía la felicidad y sabía dormir, a pesar de todo. 

No sé cómo vivir ya sin este apéndice pesado y grueso de mis recuerdos contigo... no hay afuera quien lo extirpe y quizá, si existes aquí dentro este amor por ti morirá conmigo, nunca más se manchará de decepción si lo tengo aquí. Nadie podrá quitármelo, ni dañarlo o romperlo, ni siquiera tú.

Tal vez sea mejor así, porque cuando al fin me duermo, en mis sueños estamos tú y yo y todavía no nos hemos ido con esa mirada ardiente de odio brillando en nuestros ojos mojados: en mis sueños me amas y te amo, en mis sueños todavía estamos sonriendo.