viernes, 26 de junio de 2026

Pride

Tardé en reconocer las señales, tardé demasiado. Ojalá hubiera podido entender que siempre estuvieron ahí, mirándome desde lejos en cada escalada y descenso a la locura. 

Cuando era niña, me obsesionaba la forma de mujer: las clavículas, las comisuras de la boca, el arco de cupido, los cuellos, el cabello largo y luminoso, la piel suave y perfumada, las mejillas rosadas, los pies pequeñitos, las manos delicadas, pero la cintura me enloquecía. Necesitaba sentirla, su forma de empuñadura me parecía lógica. Tenía una muñeca de mi tamaño que me proveía de esa experiencia todos los días. El comercial decía "tu mejor amiga" pero yo pensaba "mi novia" un instante, y luego me arrepentía, o me reprendía. 

Había una instancia monstruosa dentro de mi memoria -el recuerdo más viejo que tengo- que me hacía pensar que ese impulso era impío y terrible. Mucho después comprendí, gracias al libro de Emerson Whitney, que el abuso viene por la diferencia y no la diferencia por el abuso. Los sentimientos hacia las mujeres habían nacido conmigo, nadie los puso ahí, simplemente se habían aprovechado de ellos como de  cualquier circunstancia inherente a los niños que (por razones que no entiendo) algunos adultos sienten urgencia por arruinar para siempre. 

Hasta que me atreví.

Amar a una mujer se sintió como todas las tardes bailando con mi muñeca, tomándola de la mano y abrazando su cintura para girar y girar, una y otra vez. Amar a una mujer se sintió como dejar que el primer chispazo de amor que sentí en la vida me quemara por completo. 

Pasé treinta años tratando de apagar esa llama, ignorándola y desafiándola con amores mediocres helándome el corazón. Un día me quise arrodillar ante Dios para pedirle una respuesta sin saber que me había puesto señales en todos los caminos. Para mí, todos los hombres tienen la misma cara, el mismo olor, la misma alma: triste, gris, violenta y ordinaria. Los que no me daban miedo, me daban pereza. Nunca conocí uno que me hiciera reír más que mis amigas, uno que me amara mejor que ellas o que me hiciera delirar en sueños como ellas. Olvidé todos sus rostros y, de algunos, hasta sus nombres pero podría todavía dibujar la cara de la primera mujer que amé, a menos de cinco años de nacer. 

Cualquiera podría pensar "qué tonta, ahí estaba todo" pero, tampoco he conocido muchas mujeres heterosexuales que disfruten a los hombres más allá de una experiencia idealizada, engendrada del desconocimiento y la ilusión. O el amor romántico, quizá. Existe tan poco deseo, orgasmo, conexión y genuino interés mutuo dentro de la heteronorma que durante años pensé que el poco entusiasmo que sentía por los hombres en mi vida era lo esperado. Y también que iba a pasar toda mi vida así. 

Sin embargo, llegar a estas conclusiones no fue un proceso sencillo. Amar a una mujer es ser muchas veces víctima y victimaria, cazadora y objeto del deseo. Días y noches de un tren de pensamiento imparable y de la terrible sensación de que todo es tan frágil e inflamable que es necesario irse siempre hasta el fondo de todos los asuntos, y un corazón como el mío no puede soportar ese ritmo. O al menos eso creí. 

A veces me consume la ansiedad porque creo que no sé amar como se debe, porque sólo conocí la obsesión mientras duraba el periodo tan corto de atención que tienen los hombres y la soledad. La cultura pop y la literatura me criaron así, pero también me crió una familia que jamás me habría mirado y pensado en la palabra lesbiana, ni se imaginarían que pasarían las fiestas con una pareja homosexual que evita estar cerca para que nadie les cuestione nada con la mirada. 

Quienes me enseñaron a amar fueron personajes que simplemente revoloteaban alrededor de los hombres, dándoles la llave para que entraran a su vida y la destruyeran. Me enseñaron a decir que eran atractivos, graciosos e inteligentes, aunque realmente no lo pensara. Me enseñaron a entregarme a ellos porque amar así es mejor que no sentir nada. Y no niego que me enamoré de los castillos de arena en mi cabeza y de la imagen con construí de aquellos con los que me involucré porque buscaba en ellos la sensación de seguridad que perdí para siempre el día que se murió mi padre, aunque hacerlo me costara el verdadero amor que todavía no conocía pero que, desde entonces, necesitaba con un hambre frenética. 

Lo que sucede con el cuerpo cuando bebe hasta saciarse de algo que ha deseado por tanto tiempo es que cae en un estupor profundo que, en mi caso, me provocó alucinaciones, pesadillas, ataques de pánico y más lágrimas de las que había podido derramar en casi diez años. Llegué a creer que era mejor morirme que hablar acerca de lo que había pasado; que era mejor ahogarme en tantos sentimientos putrefactos que mostrarme como la farsante que toda la vida había sido. 

Tuve que pedir ayuda profesional antes de dejarme perder el juicio. Tuve que poner todo en una balanza. Siempre ha habido mucho qué juzgar sobre mí: depresión crónica, ansiedad, duelo patológico, neurodivergencia, trastorno de conducta alimentaria y la implacable certeza de que, al final, todo me sale bien. Entonces, lo decidí, valía la pena ser traidora a la heteronorma, encarar a todas y cada una de las personas que amo y decir que, una vez más, había elegido la diferencia. 

No me importaba ya si pensaban que era una mentirosa o una caprichosa que solamente quisiera llamar la atención, no me importaba si todas me daban la espalda o, incluso, si era incapaz de encontrar el amor. Tenía que decir la verdad para salvar mi vida, aunque convirtiera esa vida en una lucha constante contra las miradas indiscretas, los ocasionales gritos ahogados y los comentarios venidos directamente del siglo antepasado. Creo que vale la pena. Nunca había sido tan feliz ni tan estable como ahora. Al final, como siempre se lo digo a mi padre cuando miro al cielo, el amor es siempre más (mucho más) poderoso que la muerte.  


 

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