Es como si estuvieras hecho de ópalo y no de ébano, no hay nada en este mundo que me guste más que tú. Te miro y destellas colores que no conocía, colores que nadie ha visto jamás; te miro y el mar se convierte en cielo, mirarte es desearte, mirarte es parar y reducirme a cenizas, con una sonrisa casta, la piel pálida y los huesos hundidos dentro de mi piel... mirarte es querer con todas mis fuerzas nacer otra vez para conocerte antes y así, conocerte más.
La única forma de hacerme feliz últimamente es contemplar esa visión o escuchar tu voz o cualquier forma de magia venida de ti que se le parezca; tal vez tengas razón y lo que me gusta es la complicación que me ofreces sin ofrecerme nada, pero sé que me gusta lo que dicen tus ojos, me gusta la distancia que no permites que exista entre tu piel y la mía... tu piel, tu piel, tu piel...
No sé qué tengan tus manos que tú no reconoces, pero ese encanto diabólico combina perfecto con esta magia marina, tu hechicería y la mía derrocan imperios, salvan al mundo y crean trece más, ¿por qué no puedes dejar de preocuparte?, ¿por qué me lo preguntaste anoche si eres tú quien se contiene? Tú me haces sentir divina, me haces sentir infinita, sublime... suficiente, me haces olvidar que nos vemos enredados en sábanas de mentiras, que nos lavamos con injusticia, y con un par de dulces palabras alejas todo lo malo de mí, la angustia, la culpa, la cobardía y la despedida. Me despido de ti siempre emberrinchada, herida, porque lo único que quiero, con lo que sueño y alucino, es con tocarte, besarte, escucharte y jamás dejar de verte. Jamás.
No sé por qué tengo la desdicha de ser incondicional, de sentir con cada fibra de mi educado e inerte ser, de entregar todo lo que tengo a la obsesión y la llamarada, pero te advertí que cuando alguien se mete a mi corazón ya no sale jamás, cuando algo toca mi alma se vuelve sagrado antes de volverse ceniza (o en tu caso, polvo de oro). Entiendo que dudes de mí y de la gran abnegación que te regalo en cada segundo de mi tiempo, por tu contacto con el mundo lo entiendo, pero no por mí. Existen cuatro caminos detrás de nosotros, y si nos encontramos es porque cada uno tiene dos que elige no recorrer, sin embargo, los dos míos se borraron contigo, clausuré mi corazón para quien más he amado sólo por seguirte a ti, aunque yo sea tu tercera opción y lo único que queda cuando las otras te cierran la puerta.
No me interesa.
Yo te lo entrego todo sin un ápice de vergüenza, y si tú lo que ves en mí es valor, por favor empápate de él y súbetelo al pecho. Mírame, reclámame, estoy aquí.
jueves, 28 de septiembre de 2017
miércoles, 6 de septiembre de 2017
can you keep a secret?
Dígame algo, señor guardián, ¿qué es lo que está pasando? Abrió los ojos para mirarme de cerca y me plantó una duda en la cabeza; hágase a la idea, corazón revuelto, de que un mes de seis hermosas noches le regaló la llave de mi vida, y usted vuelve con un horario fijo todos los días. Qué vida la suya, una casa en cada esquina, una mujer para cada día.
No es mi intención ser cruel ni poner el dedo en la llaga, tampoco voy a cavilar en lo evidente y si lo hago es únicamente porque quiero que sepa que usted a mí no me va a dañar aunque me toque con toda la violencia con la que siempre lo hace, usted no me va a envenenar con su boca, me diga lo que me diga; y no es necesario que apriete los labios si me acerco a besarlo, usted no se va a contagiar de mí a menos que... no, yo a usted no podría entrar ni con el más arrebatado suspiro, me di cuenta que ese vuelo fue sobrevendido.
La vida siempre ha esperado más de mí de lo que puedo darle, fallé otra vez en el intento de ser aquella buena persona que se merece que la amen, que le correspondan un beso o que le cumplan un sueño. Soy la mujer que le rompe el corazón a quienes le tienen fe porque no le parece suficiente, soy la mujer cuya lealtad fue vandalizada y rota por ella misma, y que sigue describiendo como si hubiera sido culpa de otra persona... soy la mujer que se aferró a usted, ahí enfrente de todos, soy la mujer que se lo roba y lo culpa por no poder quedarse, ¿lo ve? No me merezco que usted me hable como lo hace, no me merezco que guarde secretos y se sienta mal por eso. Usted ya era lo suficientemente complicado sin esto, con toda esa violencia sacudiéndole la mente y sin embargo está aquí, tocándose el corazón por mí, bajando la guardia para sentarme en su regazo, ¿no ve quién es el monstruo aquí?
Le vine a advertir que no me cuide, diablo guardían, que no se aleje de su casa por esta mujer; no me pruebe, siga apretando los labios cuando me besa, siga poniendo toda la resistencia que pueda, siga negándolo todo cuando me vea: deje de tomar riesgos, deje de jugar así, porque si usted me entrega un poquito de su corazón, yo le entrego mi vida entera, y le puedo asegurar que nunca más será libre de mí.
Le agradezco la emoción, le agradezco esa oscura ambición que me separa cada día del príncipe de las tieneblas y su más poderoso 'demás', para que no sea su sierva y usted me convierta en su reina, aunque sea por un par de horas... gracias por la conexión, gracias por la esperanza... caballero, advertido está.
No es mi intención ser cruel ni poner el dedo en la llaga, tampoco voy a cavilar en lo evidente y si lo hago es únicamente porque quiero que sepa que usted a mí no me va a dañar aunque me toque con toda la violencia con la que siempre lo hace, usted no me va a envenenar con su boca, me diga lo que me diga; y no es necesario que apriete los labios si me acerco a besarlo, usted no se va a contagiar de mí a menos que... no, yo a usted no podría entrar ni con el más arrebatado suspiro, me di cuenta que ese vuelo fue sobrevendido.
La vida siempre ha esperado más de mí de lo que puedo darle, fallé otra vez en el intento de ser aquella buena persona que se merece que la amen, que le correspondan un beso o que le cumplan un sueño. Soy la mujer que le rompe el corazón a quienes le tienen fe porque no le parece suficiente, soy la mujer cuya lealtad fue vandalizada y rota por ella misma, y que sigue describiendo como si hubiera sido culpa de otra persona... soy la mujer que se aferró a usted, ahí enfrente de todos, soy la mujer que se lo roba y lo culpa por no poder quedarse, ¿lo ve? No me merezco que usted me hable como lo hace, no me merezco que guarde secretos y se sienta mal por eso. Usted ya era lo suficientemente complicado sin esto, con toda esa violencia sacudiéndole la mente y sin embargo está aquí, tocándose el corazón por mí, bajando la guardia para sentarme en su regazo, ¿no ve quién es el monstruo aquí?
Le vine a advertir que no me cuide, diablo guardían, que no se aleje de su casa por esta mujer; no me pruebe, siga apretando los labios cuando me besa, siga poniendo toda la resistencia que pueda, siga negándolo todo cuando me vea: deje de tomar riesgos, deje de jugar así, porque si usted me entrega un poquito de su corazón, yo le entrego mi vida entera, y le puedo asegurar que nunca más será libre de mí.
Le agradezco la emoción, le agradezco esa oscura ambición que me separa cada día del príncipe de las tieneblas y su más poderoso 'demás', para que no sea su sierva y usted me convierta en su reina, aunque sea por un par de horas... gracias por la conexión, gracias por la esperanza... caballero, advertido está.
domingo, 27 de agosto de 2017
fraternité
He escuchado de la terquedad, he escuchado del cambio, he escuchado de todo. A mí me han hecho promesas de todo tipo, me han hecho sentir demasiadas cosas: desde el más siniestro asco y la más brutal decepción, hasta el amor más lleno de odio, sin embargo, había algo que me faltaba; un día me percaté del abismo de lo no sentido, de lo jamás disfrutado: como si fuera una brisa de gélido fondo marino, estaba un universo colapsado dentro de mi pecho.
Solamente quiero ser puntual en que no lo estuve buscando, ni emití un sonido cuando lo vi de frente enmedio de una noche fría, enmedio de un montón de gente, pero seguiré siempre admitiendo que mi abismo se cerró en el momento que vi la luz tocar esos ojos. No sé exactamente por qué o cómo, sólo estoy segura de que, si 127 años de incidencias numerológicas hubieran tenido lógica algún miserable día, ese día fue cuando lo vi.
No es necesario hacer hincapié en el hermoso resto, ni siquiera he de tratar de hilar los hechos para salvarme de la culpa, la sobriedad y el fukú, en-ese-orden, solamente vale decir que lo único que yo creía imposible en la vida era sentir la fuerza de la noche plutónica sacudiendo los cimientos de esta tierra... y me ocurrió justo a mí.
He pasado cada instante, desde hace poco más de siete años, intentando disculparme y justificarme por lo que siento y por lo que no siento, por lo que tengo que no me satisface y lo que no podré tener jamás, y aunque sea por un instante, por un día, o dos (o tres) algo rompió la última categoría, se devoró todos mis filtros, llenó todos mis silencios y estuvo ahí, conmigo, como si hubiera estado siempre.
¿Qué tan tonta tengo que ser si me sé el nombre y la dirección de la gran pregunta y sigo buscando respuestas? Salgo por las noches a buscarlas y me encuentro con él en sueños, esa trampa mortal que me tiende la mente cada vez que me atrevo a cerrar los ojos, y lo veo fijamente y siento que no es sólo un hombre, siento que es un diablo. No sé cómo todavía no entiende que si hay algo que a mí me gusta más que el descaro, la soberbia y el desastre, son los demonios. El pasado y el futuro, un eclipse, un juego, una maldita visión.
He escuchado de la terquedad porque la llevo atada a mí como una cruz al cuello, he escuchado del cambio porque le huyo por todos los medios que conozco, y si no existen, los escribo para romperlos justo en la cara del tiempo tal como él ha hecho con todas las promesas que he escuchado. Sin embargo, me encontré con un misterio que no estoy autorizada a resolver, ni siquiera a mirar de cerca. Y otra vez estoy aquí, deslizando mensajes debajo de la puerta de la muerte para que entienda por qué necesito una prórroga una vez más.
Solamente quiero ser puntual en que no lo estuve buscando, ni emití un sonido cuando lo vi de frente enmedio de una noche fría, enmedio de un montón de gente, pero seguiré siempre admitiendo que mi abismo se cerró en el momento que vi la luz tocar esos ojos. No sé exactamente por qué o cómo, sólo estoy segura de que, si 127 años de incidencias numerológicas hubieran tenido lógica algún miserable día, ese día fue cuando lo vi.
No es necesario hacer hincapié en el hermoso resto, ni siquiera he de tratar de hilar los hechos para salvarme de la culpa, la sobriedad y el fukú, en-ese-orden, solamente vale decir que lo único que yo creía imposible en la vida era sentir la fuerza de la noche plutónica sacudiendo los cimientos de esta tierra... y me ocurrió justo a mí.
He pasado cada instante, desde hace poco más de siete años, intentando disculparme y justificarme por lo que siento y por lo que no siento, por lo que tengo que no me satisface y lo que no podré tener jamás, y aunque sea por un instante, por un día, o dos (o tres) algo rompió la última categoría, se devoró todos mis filtros, llenó todos mis silencios y estuvo ahí, conmigo, como si hubiera estado siempre.
¿Qué tan tonta tengo que ser si me sé el nombre y la dirección de la gran pregunta y sigo buscando respuestas? Salgo por las noches a buscarlas y me encuentro con él en sueños, esa trampa mortal que me tiende la mente cada vez que me atrevo a cerrar los ojos, y lo veo fijamente y siento que no es sólo un hombre, siento que es un diablo. No sé cómo todavía no entiende que si hay algo que a mí me gusta más que el descaro, la soberbia y el desastre, son los demonios. El pasado y el futuro, un eclipse, un juego, una maldita visión.
He escuchado de la terquedad porque la llevo atada a mí como una cruz al cuello, he escuchado del cambio porque le huyo por todos los medios que conozco, y si no existen, los escribo para romperlos justo en la cara del tiempo tal como él ha hecho con todas las promesas que he escuchado. Sin embargo, me encontré con un misterio que no estoy autorizada a resolver, ni siquiera a mirar de cerca. Y otra vez estoy aquí, deslizando mensajes debajo de la puerta de la muerte para que entienda por qué necesito una prórroga una vez más.
martes, 15 de agosto de 2017
liberté
Dígale que me muero. Por favor.
El tiempo se vengó de mí, me cobró la buena fortuna del pasado, y yo me quedé otra vez mirando al gozo envuelto en una llamarada. No es tristeza ni miedo lo que yo percibo en el aire, es este calor asfixiante, es esta sed aguda y crocante dentro de mi alma; lo único que siento fuerte es la sequía del corazón.
Dígale que mi vida es un páramo púrpura, que mis labios sangran sin razón, pídale que me regale un beso, aunque sea uno de despedida. Dígale que ya bajé la guardia, que alucino, que levito y me tropiezo con su nombre y apellido cada vez que aparece su rostro en mi mente... llórele para que vuelva, dígale que ya no puedo... no puedo, no puedo simplemente no volverlo a ver jamás.
Sé que no volverá, sé que no quiere oírme y por eso lo dejo aquí, como un mensaje en una botella lanzada al Maelstrom de otro universo, porque este mundo no es de él. Ni de usted.
Por favor, cuéntele de todos los días y todas las noches que he jurado que en su piel he leído mi destino; y si mi nombre no le viene más a la mente, dígale la verdad: yo lo he librado de mí desde que le solté las manos, mis cadenas se volvieron ramas secas, y desde entonces no ha dejado de llover. Mi vida se convirtió en otra vida, el mismo espacio vacío pero en otro lugar, el agua me inundó el pecho y me latió en el corazón. Cuéntele, si usted me vio, cómo su libertad me dolió como ningún amor me va a doler jamás. Dígale, júrele que yo le seguiré siendo leal a ese amor por este dolor, y a esa vida por esta vida mientras el sol y el mar sigan siendo tal y cual.
Él lo sabe, él lo entenderá. No quiero decirle adiós porque ése sólo podrá salir de sus labios, pero él sabrá que ahora es libre y si tuviera alguna respuesta, yo no quiero escucharla. Él no sabe de filtros ni para el amor ni para las palabras, y si yo soy una de tantas, no me lo diga: recuérdele que solamente quería saber si él me quiso alguna vez, si alguna vez pensó que su lealtad sería amor, como yo tantas veces deseé.
Y si usted lo sabe no me lo diga, y si usted no puede tampoco, déjeme seguir, que aquí estamos usted y yo: deje que tome sus manos, déjeme besar sus labios y mire cómo yo me vuelvo a equivocar. Déjeme soñar de nuevo, recuerde que al fin y al cabo, yo me muero.
El tiempo se vengó de mí, me cobró la buena fortuna del pasado, y yo me quedé otra vez mirando al gozo envuelto en una llamarada. No es tristeza ni miedo lo que yo percibo en el aire, es este calor asfixiante, es esta sed aguda y crocante dentro de mi alma; lo único que siento fuerte es la sequía del corazón.
Dígale que mi vida es un páramo púrpura, que mis labios sangran sin razón, pídale que me regale un beso, aunque sea uno de despedida. Dígale que ya bajé la guardia, que alucino, que levito y me tropiezo con su nombre y apellido cada vez que aparece su rostro en mi mente... llórele para que vuelva, dígale que ya no puedo... no puedo, no puedo simplemente no volverlo a ver jamás.
Sé que no volverá, sé que no quiere oírme y por eso lo dejo aquí, como un mensaje en una botella lanzada al Maelstrom de otro universo, porque este mundo no es de él. Ni de usted.
Por favor, cuéntele de todos los días y todas las noches que he jurado que en su piel he leído mi destino; y si mi nombre no le viene más a la mente, dígale la verdad: yo lo he librado de mí desde que le solté las manos, mis cadenas se volvieron ramas secas, y desde entonces no ha dejado de llover. Mi vida se convirtió en otra vida, el mismo espacio vacío pero en otro lugar, el agua me inundó el pecho y me latió en el corazón. Cuéntele, si usted me vio, cómo su libertad me dolió como ningún amor me va a doler jamás. Dígale, júrele que yo le seguiré siendo leal a ese amor por este dolor, y a esa vida por esta vida mientras el sol y el mar sigan siendo tal y cual.
Él lo sabe, él lo entenderá. No quiero decirle adiós porque ése sólo podrá salir de sus labios, pero él sabrá que ahora es libre y si tuviera alguna respuesta, yo no quiero escucharla. Él no sabe de filtros ni para el amor ni para las palabras, y si yo soy una de tantas, no me lo diga: recuérdele que solamente quería saber si él me quiso alguna vez, si alguna vez pensó que su lealtad sería amor, como yo tantas veces deseé.
Y si usted lo sabe no me lo diga, y si usted no puede tampoco, déjeme seguir, que aquí estamos usted y yo: deje que tome sus manos, déjeme besar sus labios y mire cómo yo me vuelvo a equivocar. Déjeme soñar de nuevo, recuerde que al fin y al cabo, yo me muero.
martes, 8 de agosto de 2017
egalité
Después de tantos reveses de la vida, no hubiera esperado menos del siguiente episodio: un instante de entrega que por hoy quisiera inmortalizar. Mañana tal vez las cosas no puedan decirse así de fácil, mañana tal vez sean la soledad y la agonía las que vuelvan a hablar por mí, pero hoy puedo decir que me complace sentir la brisa marina aunque mis pies ya no toquen la arena y a mis ojos los ciegue el mar.
He dejado ir la gran promesa de tenerte, he dejado de pensar que pasará... te bebiste un año y medio de mi vida de un solo trago y sin respirar, y te lo seguí ofreciendo todo, así podría seguir por siempre, el año entero y otro más sólo por verte, por escucharte, por seguirte a donde vayas... por jurarte que no podría amarte más. Es verdad, es verdad, la estupidez enamorada me mantiene con la frente hundida en tu pecho y las manos atadas a tu cadera desde aquella vez, y aunque quisiera atreverme a decirte que sé que yo nací para mirar tus ojos, eso me obligaría a aclarar que también nací para perder.
Hace un par de noches te tuve entre mis brazos, en mis labios, en mis manos, y ahora no tengo más que espuma ardiente del veneno que mi sangre puso a hervir, porque sabía que iba a perder tu rastro al segundo de soltarte, porque ya estabas ahí preparado para huir. Encendí un fuego que me alcanzó y me envolvió en su llamarada, que me atrajo con delicadeza a un juego del mal entre tú y yo, el juego más peligroso, ¿qué quería probar?, ¿a quién diablos engaño, si estoy aquí queriendo redimirme de todo en nombre de mi perdición?
La libertad no fue la que me besó la cara con la bella delicadeza de un donjuán, la libertad no me volvió su presa y me devoró la piel, esa fue la igualdad que nunca pensé que tendría; y a pesar de que no me arrepentiría, quiero solamente la libertad con la que me sonreíste mientras tomabas mi mano y cerrabas la puerta, quiero la libertad con la que le hablas de mí a la gente entera, como si yo no fuera yo y nuestra vida fuera 'nuestra'. Quiero, sobre todas las cosas, la valentía que encendió mi lealtad en ti, porque yo te soy leal desde que el sol es sol, y desde que el mar es mar; y hasta que dejen de serlo.
Lealtad y libertad, he escrito una y otra vez, porque no tengo nada más qué probar. Te amo como se ama al aire que uno respira, a los ojos con los que uno mira; te amo como se me de la gana, un poco más cada día. Si nuestra libertad se hunde en la brecha de la distancia, la piel y la desesperanza, la lealtad sacará el amor a flote: el mío, el tuyo, o una mezcla de ambos; y aunque no nos amemos, o aunque tú no me ames, seré siempre leal a mi amor sin esperanza, mi amor sin camino, el amor que siempre pierdo por haberlo buscado tando.
He dejado ir la gran promesa de tenerte, he dejado de pensar que pasará... te bebiste un año y medio de mi vida de un solo trago y sin respirar, y te lo seguí ofreciendo todo, así podría seguir por siempre, el año entero y otro más sólo por verte, por escucharte, por seguirte a donde vayas... por jurarte que no podría amarte más. Es verdad, es verdad, la estupidez enamorada me mantiene con la frente hundida en tu pecho y las manos atadas a tu cadera desde aquella vez, y aunque quisiera atreverme a decirte que sé que yo nací para mirar tus ojos, eso me obligaría a aclarar que también nací para perder.
Hace un par de noches te tuve entre mis brazos, en mis labios, en mis manos, y ahora no tengo más que espuma ardiente del veneno que mi sangre puso a hervir, porque sabía que iba a perder tu rastro al segundo de soltarte, porque ya estabas ahí preparado para huir. Encendí un fuego que me alcanzó y me envolvió en su llamarada, que me atrajo con delicadeza a un juego del mal entre tú y yo, el juego más peligroso, ¿qué quería probar?, ¿a quién diablos engaño, si estoy aquí queriendo redimirme de todo en nombre de mi perdición?
La libertad no fue la que me besó la cara con la bella delicadeza de un donjuán, la libertad no me volvió su presa y me devoró la piel, esa fue la igualdad que nunca pensé que tendría; y a pesar de que no me arrepentiría, quiero solamente la libertad con la que me sonreíste mientras tomabas mi mano y cerrabas la puerta, quiero la libertad con la que le hablas de mí a la gente entera, como si yo no fuera yo y nuestra vida fuera 'nuestra'. Quiero, sobre todas las cosas, la valentía que encendió mi lealtad en ti, porque yo te soy leal desde que el sol es sol, y desde que el mar es mar; y hasta que dejen de serlo.
Lealtad y libertad, he escrito una y otra vez, porque no tengo nada más qué probar. Te amo como se ama al aire que uno respira, a los ojos con los que uno mira; te amo como se me de la gana, un poco más cada día. Si nuestra libertad se hunde en la brecha de la distancia, la piel y la desesperanza, la lealtad sacará el amor a flote: el mío, el tuyo, o una mezcla de ambos; y aunque no nos amemos, o aunque tú no me ames, seré siempre leal a mi amor sin esperanza, mi amor sin camino, el amor que siempre pierdo por haberlo buscado tando.
miércoles, 12 de julio de 2017
boy division
Tremenda necesidad, tremenda austeridad, tremenda tormenta.
Estuvimos cerca y colapsamos un poco, un segundo solamente. Mi vida son estas ideas sueltas, estas frases cortas, esquinas porosas de la envidia y la traición... y la aceptación, tal vez si todo está hecho añicos en mi memoria. Como haya sido, gracias por ahogar mi sed y quemarme la nevada, gracias también por la bendita confusión de la que brota cada puntada de tinta, cada golpe de tecla en la ventana... lloviendo, tronando, diluviando, sangrando.
¿A quién engaño, corazón divino? Cabeza divina, rostro divino, deslumbrante satanás, ¿a quién engaño? El silencio inunda cada centímetro de nuevo, le he retrasado el pago a la muerte y ahora la hice llover en enfado.
No quisiera irme sin saber qué demonios estás pensando, cuál es la realidad que ven esos ojos cuando se cierran, qué escondrijos repletos de oro habrá en el laberinto de tu mente, pero nieva, está nevando ahora, no te reconocería si te viera y no podría alcanzarte aunque te tuviera cerca. El amor no está escrito en mi destino así como la nobleza no está en mi naturaleza, las runas han hablado; las he tirado en el mar para que no sean indiscretas: le han contado a todo el mundo sobre la pobreza que esconde mi espíritu y la ansiedad que me corre por las venas, te han dicho que mis intenciones no son buenas, que en el fondo, más que amarte, cómo me gustaría que te doliera todo lo que me dueles, que me lloraras todo lo que yo estoy dispuesta a llorar... y eso te hizo irte, corazón aventurero, a las costas blancas, a las aguas tranquilas, a buscarte otra diosa que no te quiera castigar.
Bruja del mar, hechicera libertina, sólo eso y nada más. Aquí soy yo la que perdió desde que te miró la cara y se encontró con el milagro que no se atrevía a buscar, aquí soy yo la que se aferró a que lo imposible durara más de la semana y media que debía durar... aquí soy yo quien quería amarte, a pesar de la lista infinita de oraciones que comienzan con 'a pesar'. Aquí soy yo quien ha pecado de palabra, obra y omisión... y sí, por mi culpa, por mi culpa, por-mi-grande-culpa.
Mi verdugo se acerca, viene la muerte prodigiosa, la muerte candente, quitándome los disfraces, apagándome tus luces, con sus ojos vacíos clavados en mí... volvió a todos los demás en mi contra y preparó la mesa, yo soy el festín.
Estuvimos cerca y colapsamos un poco, un segundo solamente. Mi vida son estas ideas sueltas, estas frases cortas, esquinas porosas de la envidia y la traición... y la aceptación, tal vez si todo está hecho añicos en mi memoria. Como haya sido, gracias por ahogar mi sed y quemarme la nevada, gracias también por la bendita confusión de la que brota cada puntada de tinta, cada golpe de tecla en la ventana... lloviendo, tronando, diluviando, sangrando.
¿A quién engaño, corazón divino? Cabeza divina, rostro divino, deslumbrante satanás, ¿a quién engaño? El silencio inunda cada centímetro de nuevo, le he retrasado el pago a la muerte y ahora la hice llover en enfado.
No quisiera irme sin saber qué demonios estás pensando, cuál es la realidad que ven esos ojos cuando se cierran, qué escondrijos repletos de oro habrá en el laberinto de tu mente, pero nieva, está nevando ahora, no te reconocería si te viera y no podría alcanzarte aunque te tuviera cerca. El amor no está escrito en mi destino así como la nobleza no está en mi naturaleza, las runas han hablado; las he tirado en el mar para que no sean indiscretas: le han contado a todo el mundo sobre la pobreza que esconde mi espíritu y la ansiedad que me corre por las venas, te han dicho que mis intenciones no son buenas, que en el fondo, más que amarte, cómo me gustaría que te doliera todo lo que me dueles, que me lloraras todo lo que yo estoy dispuesta a llorar... y eso te hizo irte, corazón aventurero, a las costas blancas, a las aguas tranquilas, a buscarte otra diosa que no te quiera castigar.
Bruja del mar, hechicera libertina, sólo eso y nada más. Aquí soy yo la que perdió desde que te miró la cara y se encontró con el milagro que no se atrevía a buscar, aquí soy yo la que se aferró a que lo imposible durara más de la semana y media que debía durar... aquí soy yo quien quería amarte, a pesar de la lista infinita de oraciones que comienzan con 'a pesar'. Aquí soy yo quien ha pecado de palabra, obra y omisión... y sí, por mi culpa, por mi culpa, por-mi-grande-culpa.
Mi verdugo se acerca, viene la muerte prodigiosa, la muerte candente, quitándome los disfraces, apagándome tus luces, con sus ojos vacíos clavados en mí... volvió a todos los demás en mi contra y preparó la mesa, yo soy el festín.
miércoles, 5 de julio de 2017
tagtraum
Un día supe lo que era sentir que todos mis sueños se hacían realidad, por capítulos, como si la gran oportunidad de mi vida se fuera desgranando durante un año casi completo, dándome sólo una cucharadita de miel por veintinueve de veneno.
El sol se asoma una vez al mes a mi vida, abriéndose paso con la sangre de mi cuerpo, sin embargo, una de esas veces supe lo que era sentir que ese sol me secaba las lágrimas, que me iluminaba la mente, que me quitaba los escalofríos y disipaba todas las tinieblas.
Muy lejos está ya ese instante, veintinueve semanas rotas han pasado, divididas entre energía y melancolía, y si sólo en la semana quince hubo una noche de amor-agonía... ¿qué es lo que me hace tanto daño? La distancia, el vacío y la pedantería: el quererte y no creerte, y creerte sin querer.
Me mata el quedarme siempre lejos, nadar siempre debajo de ti porque siempre me olvidas, me pateas hacia abajo... me mata saberme de memoria el diálogo, el rompimiento de ola, santinguarme con tu regreso a sabiendas de que si vuelves siempre es porque siempre me abandonas.
Es lo mismo cada veintiocho días: si miras mi corazón de frente, si ves el templo sagrado de empatía color ocre que te construí, sonríes, das media vuelta y te vas dejando abierta la puerta para que el viento de la realidad me reseque los deseos y me enrede los cabellos, pues si bien tu camino es luz neón y humo de cigarrillo, jamás, ni por un instante, ha estado manchado de mentira o fuego amigo... es traslúcido, espejo de obsidiana, mi mitad oscura. Maldito hechicero, chamán, demonio, rey.
Llamarte no funcionará ahora, no tengo ninguna excusa para revelarte la rabia con la que te siento y no es por los labios que beses o quieras besar, ni por la piel que toques o esta piel, que no volverás a tocar; no tengo razones para creer que por lo mucho que te alejas debes regresar, ni para querer con estas ganas que no me vuelvas a dejar. Sé por qué te vas y no siento nada por las manos que puedan tocarte o los ojos que quieran verte, aunque de esos haya cientos de pares en esta y otras ciudades: los nervios de los celos me los mataron a golpes hace tiempo, un amor antes del tuyo me los arrancó de raíz.
Quererte así no me hace fuerte, culparte así tampoco lo va a solucionar porque estos errores son míos, no son tus defectos ni tus omisiones, y no me van a funcionar como argumentos que sostengan la débil tesis que tienen muchos de que tú debes quererme. Nada de lo que yo pueda decir o hacer podría hacerme ese favor, ni este amor tendría el peso suficiente, estoy consciente y, sin embargo, tú me regalaste un día, un precioso día de diciembre que con todos los reveses guardaré dentro de mí, ahí donde guardé el montón de malas decisiones que te trajeron a mí, también guardé cada segundo que paso pensando que te necesito, deseando volver a nacer para entenderte de verdad y escuchar lo que quieres decir y no lo que parece que dicen tus labios cuando me derriten los escudos uno por uno... ahí va el olvido, el tiempo que no vuelve y que cada día que pasa se vuelve más tenue en la memoria, aunque siempre haya un segundo más en el presente para desear ser quien fui un lunes hace veintinueve semanas.
Aquí enlisté mis respuestas, aquí están las verdaderas causas para este dolor estrepitoso, trepidante e imperfectible: fantasmas en mi cabeza. Aceptémoslo, no nací para sentir esto y salir ilesa, sin razguños de estrellas caídas o atropellos de palabras francas; yo nací para sangrar profundamente, para trastabilar al recoger migajas, para confundirme fatalmente entre mis susurros y los tuyos.
Esta vez, cuando te vayas, ojalá tu tremenda luz haya secado mi nombre de tu frente, que esta infección haga que me amputen los nervios faltantes y al fin deje de sentir que me merecía tener ese doce de diciembre, y de paso, que merecía tenerte a ti. Una vez y para siempre.
La muerte me mira de reojo y me regala una sonrisa breve, se acerca sigilosamente y me habla por primera vez en casi siete años, aquí está otro príncipe- dice- quizá más bello que todos los otros, más bello que el universo entero, pero sólo es uno más; otro príncipe que te ama, pero no va a enamorarse de ti jamás.
Extiende su huesuda mano y toma la huesuda mía: la libertad, la libertad.
El sol se asoma una vez al mes a mi vida, abriéndose paso con la sangre de mi cuerpo, sin embargo, una de esas veces supe lo que era sentir que ese sol me secaba las lágrimas, que me iluminaba la mente, que me quitaba los escalofríos y disipaba todas las tinieblas.
Muy lejos está ya ese instante, veintinueve semanas rotas han pasado, divididas entre energía y melancolía, y si sólo en la semana quince hubo una noche de amor-agonía... ¿qué es lo que me hace tanto daño? La distancia, el vacío y la pedantería: el quererte y no creerte, y creerte sin querer.
Me mata el quedarme siempre lejos, nadar siempre debajo de ti porque siempre me olvidas, me pateas hacia abajo... me mata saberme de memoria el diálogo, el rompimiento de ola, santinguarme con tu regreso a sabiendas de que si vuelves siempre es porque siempre me abandonas.
Es lo mismo cada veintiocho días: si miras mi corazón de frente, si ves el templo sagrado de empatía color ocre que te construí, sonríes, das media vuelta y te vas dejando abierta la puerta para que el viento de la realidad me reseque los deseos y me enrede los cabellos, pues si bien tu camino es luz neón y humo de cigarrillo, jamás, ni por un instante, ha estado manchado de mentira o fuego amigo... es traslúcido, espejo de obsidiana, mi mitad oscura. Maldito hechicero, chamán, demonio, rey.
Llamarte no funcionará ahora, no tengo ninguna excusa para revelarte la rabia con la que te siento y no es por los labios que beses o quieras besar, ni por la piel que toques o esta piel, que no volverás a tocar; no tengo razones para creer que por lo mucho que te alejas debes regresar, ni para querer con estas ganas que no me vuelvas a dejar. Sé por qué te vas y no siento nada por las manos que puedan tocarte o los ojos que quieran verte, aunque de esos haya cientos de pares en esta y otras ciudades: los nervios de los celos me los mataron a golpes hace tiempo, un amor antes del tuyo me los arrancó de raíz.
Quererte así no me hace fuerte, culparte así tampoco lo va a solucionar porque estos errores son míos, no son tus defectos ni tus omisiones, y no me van a funcionar como argumentos que sostengan la débil tesis que tienen muchos de que tú debes quererme. Nada de lo que yo pueda decir o hacer podría hacerme ese favor, ni este amor tendría el peso suficiente, estoy consciente y, sin embargo, tú me regalaste un día, un precioso día de diciembre que con todos los reveses guardaré dentro de mí, ahí donde guardé el montón de malas decisiones que te trajeron a mí, también guardé cada segundo que paso pensando que te necesito, deseando volver a nacer para entenderte de verdad y escuchar lo que quieres decir y no lo que parece que dicen tus labios cuando me derriten los escudos uno por uno... ahí va el olvido, el tiempo que no vuelve y que cada día que pasa se vuelve más tenue en la memoria, aunque siempre haya un segundo más en el presente para desear ser quien fui un lunes hace veintinueve semanas.
Aquí enlisté mis respuestas, aquí están las verdaderas causas para este dolor estrepitoso, trepidante e imperfectible: fantasmas en mi cabeza. Aceptémoslo, no nací para sentir esto y salir ilesa, sin razguños de estrellas caídas o atropellos de palabras francas; yo nací para sangrar profundamente, para trastabilar al recoger migajas, para confundirme fatalmente entre mis susurros y los tuyos.
Esta vez, cuando te vayas, ojalá tu tremenda luz haya secado mi nombre de tu frente, que esta infección haga que me amputen los nervios faltantes y al fin deje de sentir que me merecía tener ese doce de diciembre, y de paso, que merecía tenerte a ti. Una vez y para siempre.
La muerte me mira de reojo y me regala una sonrisa breve, se acerca sigilosamente y me habla por primera vez en casi siete años, aquí está otro príncipe- dice- quizá más bello que todos los otros, más bello que el universo entero, pero sólo es uno más; otro príncipe que te ama, pero no va a enamorarse de ti jamás.
Extiende su huesuda mano y toma la huesuda mía: la libertad, la libertad.
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