lunes, 21 de julio de 2014

They don't love you like I love you.

Cuando era muy niña tuve oportunidad de contemplar el esplendor dorado y turquesa de mi primer verdadero amor: el mar. Ahí enfrente todavía no había nacido la desesperanza, mi corazón estaba intacto y reluciente, como mi cabello y mi alma; mis ojos no habían llorado nunca de desilusión, por eso yo me llenaba las manos de la única felicidad auténtica que he sentido jamás y la usaba, como siempre, para algo que no hacía nadie más, porque todos los niños y sus irrompibles huesos construían castillos de arena, y yo, cavaba fosas profundas para ver si encontraba la entrada al corazón de la Tierra, o aún mejor, al del mar. 
Mi vida no ha cambiado desde entonces. 
No quiero decir que siempre voy contra la corriente porque eso no es verdad, a mí me gusta la normalidad hasta el punto que sea necesaria, porque entonces llega la noche y todas mis murallas convencionales se derrumban, la luna ejerce fuerzas sobre mí que sólo yo entiendo, compartimos el nombre y las confidencias con el mar. Sin embargo, yo continúo ahí, cavando fosas, intentando descubrir todo lo que me aterra y me enloquece, pues es lo único que merece ser descubierto, y el mundo sigue girando y todos los demás niños se alargan verticalmente, sus sueños los siguen, e incluso algunos siguen intactos. 
Y yo solamente me hundo. 
Alguna vez pude ser distinta, como por cuatro segundos; alguna vez creí que era una mujer libre: un alma sin miedo, y durante esos instantes de gloria, la vida me dio la única experiencia que fue completamente perfecta: conocerte. Aunque después me apagase la luz y me moliese a golpes con total intención de matarme. 
Cuando yo te conocí sentí ganas de reescribir mi historia, siendo que yo nunca reescribo nada, le prendí fuego a mi pasado y me alejé de todas las conexiones con mi presente porque creía fervientemente que jamás iba a volver a sufrir, que incluso cuando el infierno se había mudado a mi casa, tan solo tu recuerdo bastaba para hacerme resistente: tú me hacías indestructible. 
Juntos construímos cuantos castillos de arena pudimos, cuando nos sobraba el tiempo después de tanto reír, juntos hicimos que cualquier arrebato valiera la pena y que todas y cada una de las estrellas se sintieran celosas y humilladas por ese fuego que crecía y consumía todo, pero no como el del infierno, sino como el de los volcanes: para hacer todo renacer más fuerte. 
Hoy, la llama sigue viva y con la misma fuerza, sólo que soplando hacia una sola dirección.Y la única que se siente celosa y humillada soy yo.
He vuelto a cavar fosas porque perdí mi magia, perdí mis cuatro segundos de libertad, perdí lo que me hacía ser alguien que desatara fuerzas volcánicas; ya no busco desenterrar nada del fondo del mar, tan solo estoy ahí para enterrarme a mí misma. 
Yo creo que tú tienes caramelo en la mirada y veneno en los labios, yo creo que tienes el alma suave y transparente como el agua pero la mente fría y exacerbada como la mismísima locura; pero si algo me han enseñado todos estos años es que tus manos son sanadoras tanto como son dagas sosteniendo mi corazón. Y aquí está el problema más grande de todos, o mejor dicho, el que provoca todos los demás.
Siempre que quiero sujetar tu mano y lanzarme al agua embravecida con los ojos cerrados en nombre de todo lo que siento, se me resbala, y me hundo sola en la oscuridad sintiéndome como algo que acabases de escupir después de haberle quitado toda esperanza de servir para algo, pero siempre nado y llego a la orilla, con las manos y las rodillas llenas de sangre por todas las veces que he caído hasta lo más bajo, y con los pulmones llenos de agua por todo el tiempo que estuve esperando a que fueras a salvarme.
Pero, ¿qué quieres? La mandíbula más fuerte de la naturaleza no es la de la hiena, es la mía. 
Soy la mujer que aguarda, la mujer que persevera, la mujer que se destruye pero no se diluye. A mí nada me doblega, y mucho menos cuando se trata de la única cosa más mortal que mi miseria, la única cosa más fuerte que yo, el único sentimiento que me transforma. 
No es un sentimiento nacido de raquíticas excusas, nimiedades con horrendas caras y palabras lascivas, porque esa ira no desgarra mi corazón tanto como saber que podría no volver a estar contigo, no volver a ver llover desde el piso más alto de nuestro edificio favorito, no volver a dormir sobre tu pecho, no volver a besar tus labios, no volver a sentir tu abrazo que, después de todo este tiempo, se sigue sintiendo exactamente como cuando mi ser se completa. 
¿Qué otros lugares ves tú con esos ojos?, ¿qué otra piel tocas con esas manos?, ¿qué bocas besas con esos labios?... ¿qué haces con la parte faltante de mi alma? Y entonces vuelve a llover y estoy sola queriendo que toda la arena de la fosa me caiga encima y me asfixie para no volver a pensar en eso, porque al final, no es la respuesta lo que me atormenta, es el hecho de tener que suponer que todo lo que yo sentí, tú tal vez no lo sentiste nunca, que nada de esto existió para ti. Sentir que siempre estuve sola. 
Pero no es ése el sentimiento que me da la fuerza para escalar de regreso y arriesgar todo en mi vida para volver a estar contigo: es el amor. Por muy horroroso, masoquista y trillado, así es el amor. 
Todo esto tú ya lo sabes, me he empeñado en hacer que no lo olvides, y la persistencia, como ves, ha sido la causa de que todo esto siga vivo y también, lo acepto, de que muchas veces haya estado a punto de morirse. Lo que tú no sabes hasta ahora es que lo que yo más amo de ti es tu libertad. 
Al contrario de todo lo que soy yo, tú eres un ser libre, auténtico, indefinible, inencasillable, sin temor a esto o aquello, sin remordimientos. Sin ninguna, ni la más mínima, ni la más insignificante intención de complacer a nadie más que a ti mismo. Tú tienes lo que yo más quisiera tener y por eso amo cada segundo que estoy contigo, aunque esa misma convicción sea la que me tiene escribiendo sobre lo que más me hiere en estas alturas de mi vida. Lo que quiero decir, realmente, es que no quisiera que perdieras la más brillante de tus virtudes a causa y consecuencia de la más brillante de las mías, terminaríamos perdiendo los dos. 
Yo amo tus inquietudes, tus incongruencias, tus barbarismos, tus delitos hacia la gramática y la ortografía, también amo tus canciones, tu risa, tus pensamientos sobre el país, tus bromas inventadas, la manera en que hablas de la música y la filosofía, amo tus sueños y también todas tus dudas sobre la vida; amo y comparto tu nostalgia por el pasado, amo que cambies de proyecto de vida cada quince días, amo tus películas sin trama, amo la manera en que cambias los tonos de voz de acuerdo al contexto, amo tu falta de concentración, amo que no puedas leer en voz alta, amo todas tus peculiaridades y tus lagunas mentales, y te amaré cada segundo que esté con vida.
Yo no sé qué es lo que pasa y mucho menos qué es lo que va a pasar, tampoco sé qué hacer ni cómo empezar a hacerlo, sólo sé que nunca ha habido ni habrá nadie a quien yo ame de esta forma en mi vida; por ese cielo que se cierne sobre nuestras cabezas, por todo eso que adoramos tú y yo, ni aunque todo mi ser mezquino se derramase sobre las sillas, ni aunque pasaran ochenta años, o mil, nadie en el mundo te puede amar de esta manera.

Y toda persona que se atreve a pensarlo y a decirlo, no hace más que seguirse revolcando en su mentira.


martes, 8 de julio de 2014

A monster courting insanity.

Por las noches me perfilo a mi camino hacia el delirio, a veces las esquinas oscuras toman forma de todo aquello que me gustaría evitar, porque me aterroriza; las noches llenan primero mi alma para después, llenarme la cabeza de artilugios del pasado y llamaradas de angustia, como si con los días no fuera suficiente. Mi habitación se llena de peces de plata que se me meten a los ojos y también chapotean a mi alrededor, haciendo que la madera cruja y el corazón se me despegue del cuerpo, acto seguido.
Siempre he sido la presa predilecta de los más agresivos terrores nocturnos, crecí creyendo que, para estas épocas, ya todo lo que me había podrido los días felices habría sanado, y los recuerdos dejarían de acosarme, pero jamás estuve más equivocada. Quizá siempre me ha faltado honestidad, aquí, antes y en todas partes, pero lo más grave es que justo lo que nunca me imaginé, lo que jamás hubiera querido, está sucediéndome. 
Por aquellas noches deseaba con todas mis fuerzas que mi fuego parara de consumirme, al menos por unas horas para que pudiera dormir, sumergirme en todo aquello que creía que algún día prodría olvidar, y luego, llegaron estas noches que saben a castaña desesperanza, bañadas en agua de lluvia de verano y perfumadas con veneno come-almas. 
El letargo mágico me entumeció mucho más que las buenas intenciones y las sonrisas genuinas, me quitó más que los buenos receurdos y los malos hábitos; aquí estoy, recostada sobre costumbres e indiferencias tan suaves y cómodas que, la verdad, no quisiera dejarlas nunca, aunque me tengan con la mano encadenada al pórtico, y suelten, noche a noche, su maravilloso aliento nacarado sobre mi cabello: "escribir o salir", así, como matar o morir, como si fuera tan fácil. Porque en algún punto desafortunado dejó de serlo.
Los años me aplastan las manías y también al monstruo que vivía bajo los pocos centímetros de agua vaporosa, pero a él sí lo dejan salir, a que se le vaya el aire, y también el tiempo, entre los medio disfrutes y las medio tristezas. 
¿A quién quiero engañar?  Esto no es un respiro de elocuencia, es sólo una sinfonía imperfecta y bruta de puntos y líneas amorfas porque mi kraken embelesado se escurre por la ciudad inundada a mirar su lado más brillante, se enreda en el cuello de la gente equivocada y luego, se va a nadar en las cloacas para soñar con sus ventosas gramáticas y su cerebro sentimental, se esconde ahí para llorar también, brindando conmigo, por mí y por cada una de mis malas desiciones, con sus respectivas fechas, nombres y apellidos. 
¿Qué vamos a hacer aquí, kraken? No nos llega aún el día para fundirnos con la adoración de nuestros recuerdos y convertirnos en la nostalgia patológica de otra persona; no, mi amor, ni siquiera estamos cerca. 

viernes, 20 de junio de 2014

Miseria.

¿Quién me convierte en esta persona?, ¿qué fuerza me sofoca cuando tengo tantas ganas de gritar?, ¿por qué me detiene las manos cuando quiero matarte y los pies cuando quiero, finalmente, huir de ti?
Lo que más quisiera en este mundo sería reventar contra tu cara toda la verdad que sabes pero se te olvida cuando me enganchas a tus caprichos y a tus carencias, cuando me sometes bajo tu yugo de oculta deslealtad y desvariada desconfianza; lo que más quisiera es que fueras capaz de permanecer con esa tranquilidad y esa indiferencia si tan sólo recordaras un poco de lo que te trajo aquí y que, aunque no lo soportes, tampoco permite que te vayas. Lo que más deseo es que ese día llegue. 
Yo no sé por qué el amor se deja mezclar de esta forma con la inconsciencia, de forma tal que huelen y saben a lo mismo; no sé por qué tu amor sabe a abandono y el mío a autodestrucción; yo no sé por qué eres tú la persona que elegí para que jale el gatillo y haga lo que yo no tengo, ni he tenido nunca, el valor de hacer. 
No sé por qué, si sé, vivo haciendo todo lo posible para hacer como que no supiera, ni tú supieras también. 
Por primera vez es una ventaja que en este espacio, como en muchos otros, sólo estemos tú y yo. 
¿Quién me convierte en esto? Dudo que realmente seas tú, porque tu mirada está vacía como quien tiene espacios en blanco incrustados en la cara, porque tu discurso es monosilábico y tu rutina la tengo más que memorizada. No creo que sigas siendo tú quien me hace pedazos los días felices o quien me hace feliz cuando estoy hecha pedazos, porque a tu amor le gusta disfrazarse de indiferencia y a tu indiferencia de encanto. 
Sólo me queda admitir que a veces me pierdo entre los conceptos de amor, inercia y lealtad, quizá lo que realmente defina esto es una necesidad enfermiza de... algo. Pero, ya ves, aquí nada es falso, y así mismo, nada se convertirá en calma, nada se apagará pronto, pues a mí hasta las cenizas me quema, hasta las suposiciones me matan. 
Y entonces me rindo, tal cual, patética cosa, me arrastro hacia el abismo, dejo que mis brazos te caigan lánguidos sobre los hombros y que mis labios se mueran envenenados al chocar con los tuyos, porque, bien lo sabes, ya no tengo fuerza para nada más. ¿Qué estás haciendo conmigo, mi vida?, ¿en qué me quieres convertir?
A veces creo que te enganchaste a mi luz sólo para apagarla, que lo que nos mantiene juntos es el hecho de que un paso más lejos nos lleve a morir porque allá afuera no hay nada, mi amor, nada más que ciudades de recuerdos y polvo; no me aquejaría la desesperanza, ni el tormento, me mataría el distanciarme de las posibilidades, pues me hieren los finales tanto como los comienzos, me deshace pensar que estoy en medio y que en esto hice todo mal, también. 
 ¿En qué me quieres convertir? A veces creo que lo que quieres es que poco a poco me vaya creyendo que no soy nada, por eso te gusta hacérmelo sentir, y sí, a veces creo que todo estaría mejor sin ti. A ese punto no le puedo dar la vuelta, pero tres segundos después me alejo lo más que puedo de ahí porque sé que es demasiado pronto, aún muy pronto, porque necesito esa vida contigo, aunque me duela más cada segundo, la necesito para saber que viví, aunque sea sólo para saber que me hundí, más hondo que nadie. La quiero para saber que no me morí de nada, como había pasado siempre, antes de ti. 
¿Qué es lo que me hace detenerme? Me pregunto, como si realmente no lo supiera bien. El amor, como toda pasión devastadora (como si no tuviera ya demasiadas) necesita llevar al ser humano a la trasgresión de toda ley propia. No es sólo un sueño de luces volcánicas y velas pequeñas, es una fuerza satánica venida de un día de lluvia y una combinación de palabras incorrecta. 
Aún así, ignoro si el amor, por sí mismo, poseé todas las propiedades que yo le adjudico, pues a penas veo esbozos de todo ello en ti, pero sé lo que yo siento (Dios mío, si sé), y si puedo convertir el peor de todos los sueños y la más bella fantasía en una armonía de letras y signos, puedo convertir al amor en lo que se me de la gana. 
Lo que más deseo ahora es que algún día te lo preguntes honestamente, como cualquier ser humano que observase esta serie de calamidades haría, ¿qué es lo que te ha librado de mi adiós para siempre?
El amor, embriagado de más de un pensamiento suicida, pero amor, al final de cuentas. 
No, la verdad no está confundido, ni diluido, ni roto; está ahí, más puro que cualquier otra cosa que hubiéramos visto, tal vez por eso ni tú ni yo podamos reconocerlo como lo que es y nos empeñemos día con día en ocultarlo detrás de personalidades múltiples y negaciones tajantes a la convivencia armoniosa. Ahora, la pregunta sería, ¿en qué lo estamos convirtiendo?

lunes, 26 de mayo de 2014

Perdón, vida de mi vida.



Un día como hoy, amanecía tumbada en medio de un mar de emociones encontradas, tan encontradas, tan infinitamente bien entrelazadas que no podía sentir ninguna de ellas; yo salí a la calle ese día, y el día siguiente, y la semana anterior, pero mi alma nunca se levantó de aquella cama, si lo hacía se perdería en la angustia y mi consciencia sabía que de ahí nunca la iba a poder sacar.
Yo sabía que andaba por el mundo desalmada, ignorando cosas con las que solo podía soñar, tratando de esquivar todos los puntos lastimosos de mi vida, y todo para ni siquiera pensar en todo lo que había salido mal, en todas las heridas que habían abierto otras y las que seguían, porque ahí iba a cambiar todo, iba a frustrar mi razón de vivir, iba a sangrar como nunca había sangrado en mi vida. Entré y salí con la cabeza bien fría, porque si bien mi alma estaba dormida en otra parte, dejé mi corazón ahí.
Las semillas de mi esencia se convirtieron en polvo, las esparcí todas en el lugar equivocado. No, de hecho, les eché fuego. Fue como arrojarme al vacío, y ese día (hoy) supe que la verdad es que no tengo nada que ofrecer más que cobardía, que mis palabras son sólo eso, que aunque sepa tejerlas,  perfumarlas y venderlas, jamás van a poder hacerme tocar la verdad. ¿Qué más pruebas se necesitan? Yo me declaro culpable.
Por eso invento otros mundos, con otros nombres, otros rostros y en otros lugares, porque no soporto la idea de tener que sacrificar mi cama de seda y mentiras por la horrorosa realidad, y, de no ser por ese día (hoy, y siempre, esto y todo) la realidad me hubiera roto la cabeza en cuatro partes iguales; fue por eso que decidí romperme yo misma el corazón.
Perdón. 

domingo, 23 de marzo de 2014

deep down

La toma de decisiones nunca ha sido mi fuerte, de hecho, no existe registro de nada que lo sea más que un par de logros viejos, desgastados y que a nadie le importan ya, si es que alguna vez sucedió; si acaso, elaborar un plan no es un problema, al contrario, es un alivio, pero la verdad íntegra es que moverme de un paso a otro es un martirio gigantesco. 
No importa lo mucho que lo intente, que las cosas salgan bien no representa absolutamente nada, por el contrario, solamente eres visible cuando te estás borrando, cuando tu integridad no es más que un mal recuerdo, y aún así sigo creyendo que los planes van a salvar mi vida de ser devorada por la angustia. Pero sólo yo sé que eso nunca va a suceder.
No sé si me gusta más pretender que todo lo estoy haciendo bien y ponerlo en blanco y negro (como todo en mi vida) para que sea real, antes de tacharlo, o simplemente que necesito alimentar aquellas cosas que me excusan de pensar que no tengo esperanzas, pero aquí y ahora, lo que necesito es el más intenso tono del dolor, la más vibrante de las etapas, el más perdido de los caminos. 
¿Quién escogió la vida un día puede tener una segunda opinión? 
Soy yo quien decidió lo primero y, ahora, voy a dar la vuelta atrás. 
Sé que no voy a tocar fondo, no es el punto, ni siquiera tengo uno; tan sólo quiero llenarme de la desgracia que forjó mi esencia, quiero probarme a mí misma que sigo siendo la persona con disciplina, con voluntad, con una nube espesa de tristeza haciendo ondear la bandera de la que más me he sentido orgullosa. No me interesa lo patético que suene, nadie sabrá nunca la verdadera historia; sólo quiero rozar a la muerte con los dedos, y así, aunque no la sepa contener dentro de mí, voy a tenerla...


jueves, 23 de enero de 2014

El infierno

Basta de canturreos y peroratas, y estúpidas e inválidas razones para justificarse a uno mismo; basta de discutir lo que soy y lo que no, como si fuera la dueña de mí misma o como si realmente confiara en ello. Llegó el tiempo que todo el mundo me advirtió (de otra forma, con una sonrisa) que iba a llegar, las notas de incomodidad ligada al ser se hacen cada día más ausentes y tal vez la adultez sí sea responsable de algunos cambios en esta persona, pero los mensajes no me llegan completamente y la vida me sigue llenando la cabeza de dudas (lo cual es, en cualquier contexto, algo bueno) y ahora aquí, conservando muchas de las ligaduras que me hacen acarrear el pasado muy de cerca durante más de cuatro años, me preguntó, ¿qué tal si yo he nacido así?
No sólo porque nací 'diferente', con la imaginación desatada e incontenible, con la reflexión guardada para después y la disciplina contundente pero dirigida hacia campos dudosos de la irrelevancia, y eso sí, con el arrepentimiento bien crecido como sombra detrás de cada paso. No, no es sólo eso. Tal vez porque nací mujer como la Luna y como la Tierra (y con su nombre vulgar y religioso, respectivamente), y eso me coloca en otro plano de las cosas, en otro círculo del infierno.
Puede ser que hasta la más inconsciente de las almas hubiera terminado de suicidarse en el momento de toparse con alguna forma de energía femenina, la cual puede ser inconcebiblemente polarizada dependiendo del caso, pero afortunadamente, en ninguno de ellos es una flama mediocre. Y siempre he malgastado ese término como algo que debería ser venerado, y lo es, indudablemente, pero tal vez no sea mi esencia obsesiva compulsiva (aunque haya algo de eso) lo que provoca mi máximo orgullo... tal vez sea sólo que nací como las hijas de Nereo: mitad una cosa, mitad la otra.
Mitad mujer, como cualquiera, con todo lo que esto implica: impenetrable, quizá por eso es que los hombres débiles de mente se aferran a pensar que con llevar una mujer a la cama es suficiente y la conquista está dada, porque literalmente la tiene y ellos sólo pueden ver ese plano. Debajo hay un millón de cosas imposibles de desenmarañar, de morder, de sangrar, de violar... tal vez sea eso lo que convierte a las mujeres en presa, el olor enloquecedor de la duda. Incluso en aquel hombre que se regodeé de penetrarla, existirá una absoluta verdad: nunca llegará tan adentro.
Mitad 'diferente', como cualquier persona que se siente a escribir sus reflexiones como hoy en este día, como cualquiera que haya podido sentir profundamente, tan hondo que puede llorar y soñar con una magia soberana, un hombre de hermosa sonrisa, un corazón delator y la prostituta de Magdala... o todos los eufemismos que pueda encontrar de 'artista'...
Casi toda la gente normal dice que 'diferente' es mejor, que les encantaría vivir o convivir con alguien con una esencia de ésta índole, que son personas extraordinarias, dignas de reconocerse, pero la verdad es que no lo son y aquellas personas que lo dicen, cuando se topan con la materia, no lo piensan. Ni por un segundo.
'Diferente' normalmente siginifa un idiota, con poca o nula capacidad de establecerse en el mundo real y apegarse a sus condiciones, con toda clase de fallas en el aspecto personal y un desfogue de sentimientos indicados hacia una cantidad de cosas que, en general, no se consideran de tan vital importancia, pero para un artista, es decir, una persona 'diferente', la vida misma no es suficiente, ni el universo tampoco. Un ser 'diferente' siempre quiere más, necesita más, necesita un trago de su propio veneno, porque todos ellos viven en el mismo mundo y hablan el mismo idioma; vibran con las mismas notas, lloran con la misma escena, sueñan con las mismas palabras.
Un ser 'diferente' y un ser femenino nunca van a ser comprendidos totalmente, nunca van a ser complacidos ni van a ser capaces de complacer, nunca van a ver la luz de la sobriedad ni el gris de la vida normal, pero, sobre todas las cosas, nunca van a poder dejar de sentir... sentir todas y cada una de las cosas que componen este mundo, sentir que viven en el infierno; sentir que, a pesar de todo, la pasión es un arma de dos filos.



domingo, 12 de enero de 2014

Silence.

La luna y las estrellas poco a poco nos fueron cambiando la cara, el sonido no fue el mismo debajo del agua después de ese día; el brillo, en vez de iluminar, asustaba; pero ya mucho hemos hablado sobre aquella noche.
Hemos vivido insistiendo en que la suerte (mala, en este caso) es la culpable de todo, de los malos momentos y de los buenos que son acosados por los infernales, de nuestras malas decisiones, e incluso de nuestras pesadillas. Como si tú, yo y los veinte años que llevamos a cuestas no sirvieran para nada; como si no tuviéramos esencia. No es como si algo de todo esto estuviera comprobado, no es como si, en serio, esa luna nos hubiera lanzado una maldición, ¿qué es entonces? Se trata del momento en que nuestra alma se calló.
El alma no es como la lengua, los labios, el aliento y los dientes, el alma es como ondas, como luz; cuando quiere, no emite nada, y la nada, te lo puedo asegurar, no le vendría nada mal a tu aparato fonador. Pero así es, la nada es lo peor que le puede pasar al alma, ya no es el problema que brille, que vibre y que llene todo el lugar, lo cual solía horadar y desgarrar nuestra alma joven, tersa y estriada; ahora, el problema es el silencio. Cada día es más difícil hilar palabra con palabra, deslindarse de la electricidad y de la energía, cargarse del deseo y la pasión de la oscuridad  y soñar de nuevo con aquel lugar de sirenas hermosas (no monstruos con forúnculos), con magia de raíces latinas (no magia negra), y una noche oscura bajo árboles de cristal (no debajo de limadura de plata), sin embargo, el cerebro se resiste y desafía toda física conocida.
Aunque mi alma esté callada, quieta, más que muerta, mi cabeza sigue siendo la parte con la cual se desahoga mi corazón, cuando me tiemblan las manos y se me cierran los ojos, ahí está todo de nuevo; dentro de mi mente, el lugar sigue siendo precioso, tal vez esté abandonado y los nombres ya no se escuchen revueltos entre susurros saliendo de aquella máquina, pero mi vida sigue amainando ahí, y eso nunca se va a extinguir. Hay luces que ni con la más despiadada de las interferencias se apagan.
En el fondo, uno no deja de ser quién es, aunque pasen veinte años, aunque se le deshilachen las esquinas o se le reviente el corazón, cuando éste fue creado con tinta y mientras siga latiendo fuerte (y sobre todo cuando lo haga despacio), va a seguir bombeando historias del amor y la catástrofe, de la traición, la muerte y las imágenes que nadie sería capaz de ver de no ser por él. Yo podría jurar que no existe una sensación superior a esa, un don detrás de una herida, una pasión secundada por la soledad o una creación simultánea (y parecida) a la de una tortura. Incomparable, éxtasis y revolución. Indescriptible. Impresionante.
El amor, literalmente, palabra por palabra.